¿En qué orden leer a Sherlock Holmes? Un misterio que Conan Doyle dejó sin resolver

Colección de libros de Sherlock Holmes encuadernados en cuero, con las cuatro novelas de Arthur Conan Doyle, una lupa, una pipa y documentos sobre un escritorio de estilo victoriano.

Cuatro novelas, 56 relatos y un detective que lleva más de un siglo dando trabajo a lectores, criminales y estudiosos de la cronología. (Imagen: Serendipia, edición digital).

«Es un error capital formular teorías antes de disponer de datos».

Sherlock Holmes, en Escándalo en Bohemia (1891).

Uno puede decidir leer a Sherlock Holmes por motivos perfectamente razonables: afición a la literatura, interés por el crimen o necesidad de encontrar compañía para las tardes de domingo que no implique relacionarse con seres humanos. Lo que no espera es que, antes de abrir el primer libro, tenga que emprender una investigación.

Y, sin embargo, basta con buscar en internet «en qué orden leer Sherlock Holmes» para descubrir que la cuestión ha provocado más controversias que algunos asesinatos. Hay especialistas que defienden la cronología de los casos, otros que recomiendan seguir la publicación de los libros y un tercer grupo que propone reconstruir la vida privada del doctor Watson, empresa particularmente temeraria teniendo en cuenta que el propio interesado no siempre parecía tener claro cuándo se había casado.

Todo esto resulta bastante desalentador para alguien que únicamente pretendía leer una novela.

La culpa, como suele ocurrir con los grandes desórdenes de la humanidad, la tiene un médico.

Un médico, un detective y sesenta problemas

Arthur Conan Doyle, médico escocés y escritor de profesión sobrevenida, publicó entre 1887 y 1927 cuatro novelas y 56 relatos protagonizados por Sherlock Holmes.

Sesenta historias. Ni una más ni una menos dentro del canon original.

El dato parece sencillo, pero esconde una complicación: las aventuras no transcurren necesariamente en el mismo orden en que fueron escritas o publicadas. Algunas recuerdan hechos anteriores, otras hacen referencia a casos todavía desconocidos para el lector y unas cuantas contienen indicaciones temporales que han permitido a generaciones de estudiosos dedicar años de su existencia a discutir sobre un martes de 1891.

El doctor Watson, narrador habitual de las aventuras, era capaz de recordar detalles asombrosos de una escena criminal, pero trataba las fechas y sus circunstancias domésticas con una libertad que habría provocado el cierre inmediato de cualquier departamento de contabilidad.

Para colmo, Conan Doyle no escribió sus historias pensando en los futuros lectores que intentarían ordenarlas. Las escribió para publicarlas, cobrar por ellas y, llegado el momento, dedicarse a cosas que consideraba más importantes.

Entre ellas, librarse de Sherlock Holmes. Sí. Pero no adelantemos acontecimientos.

Tres maneras de leer a Holmes y una de complicarse la vida

Existe una primera posibilidad: leer los casos según el momento en que supuestamente ocurrieron. Es la llamada cronología interna, y consiste en reconstruir la biografía del detective a partir de las pistas dispersas por las historias.

En principio, nada que un profesional de la investigación no pueda resolver.

El inconveniente es que las pistas no siempre coinciden. Watson adelanta sucesos, retrocede en el tiempo y ofrece referencias que, examinadas en conjunto, requieren una interpretación generosa de las leyes del calendario.

Los aficionados han elaborado cronologías minuciosas para solucionar estas dificultades. Algunas son verdaderas obras de erudición. Otras se contradicen entre sí, lo cual demuestra que, incluso tratándose de un personaje imaginario, resulta complicado ponerse de acuerdo sobre dónde estaba un inglés a las cuatro de la tarde.

La segunda opción es leer los libros por orden de publicación.

Parece lo más sensato. El problema es que muchas aventuras aparecieron primero en revistas y solo después se reunieron en volúmenes. Y los editores, que rara vez han considerado necesario consultar al lector antes de reorganizarle la biblioteca, no siempre respetaron aquella secuencia.

La caja de cartón, por ejemplo, se publicó en enero de 1893 en The Strand Magazine, pero quedó fuera de determinadas ediciones de Las memorias de Sherlock Holmes y acabó incorporándose a otras recopilaciones.

Sherlock Holmes conquistó a sus lectores por entregas. Estas portadas de The Strand Magazine recuerdan que muchas de sus aventuras aparecieron primero en revistas, antes de reunirse en libros. La de septiembre de 1917 anuncia His Last Bow, una historia de espionaje ambientada en vísperas de la Primera Guerra Mundial (Fuente: Wordsworth Editions).

De este modo, quien sigue exclusivamente el índice de ciertos volúmenes puede encontrarse leyendo una historia de 1893 entre otras publicadas varias décadas después. No es un desastre. Pero tampoco parece la forma más eficiente de ordenar nada, salvo quizá un cajón de cables.

Por eso, en Serendipia preferimos una tercera posibilidad: seguir la primera publicación de cada una de las sesenta historias.

Sin intentar corregir a Watson, sin reconstruir la agenda personal de Conan Doyle y sin necesidad de solicitar al Registro Civil británico una certificación de los matrimonios del narrador.

Simplemente, leer las aventuras en el orden en que los lectores fueron conociéndolas.

Primero se conoce al detective. Después se soporta su carácter

El recorrido empieza con Estudio en escarlata, de 1887.

Aquí Watson conoce a Holmes y descubre que compartir vivienda con un desconocido puede resultar bastante económico si uno está dispuesto a convivir con experimentos químicos, visitas de procedencia dudosa y un hombre que toca el violín cuando le parece oportuno.

Es el comienzo natural porque asistimos a la formación de la pareja literaria más célebre de la investigación criminal. Watson aporta sentido común, humanidad y un considerable talento para formular preguntas cuya respuesta Holmes considera evidente.

Holmes aporta todo lo demás, incluida la delicadeza de explicar a su compañero, con cierta frecuencia, que sus conclusiones habrían sido obvias para cualquier persona dotada de ojos.

Después llega El signo de los cuatro, de 1890, y a continuación Escándalo en Bohemia, de 1891, el primero de los relatos breves.

A partir de ahí aparecen La liga de los pelirrojos, Un caso de identidad, El misterio del valle Boscombe y una sucesión de incidentes que sugieren que la sociedad victoriana tenía serias dificultades para resolver sus problemas familiares sin recurrir al chantaje, al veneno o al confinamiento de parientes en habitaciones mal ventiladas.

La ventaja de este orden es que permite ver cómo se construyó el personaje ante sus primeros lectores, en lugar de conocerlo retrospectivamente, cuando ya sabemos que es un genio y que Watson tardará aproximadamente seis páginas en darse cuenta.

Cuando Conan Doyle intentó despedir a Sherlock Holmes

En 1893 ocurrió algo que ningún lector esperaba: Conan Doyle decidió matar a Sherlock Holmes.

No fue una decisión precipitada. El escritor estaba cansado de su personaje y quería dedicar su talento a otras obras. Así que hizo lo que cualquier autor razonable habría hecho en circunstancias semejantes: lo arrojó por una cascada.

Hay escritores que ponen fin a sus series con una despedida emotiva. Conan Doyle necesitó recurrir a la geografía suiza. El episodio apareció en El problema final, donde Holmes se enfrenta al profesor Moriarty en las cataratas de Reichenbach.

En 1893, Arthur Conan Doyle intentó librarse de Sherlock Holmes arrojándolo, junto al profesor Moriarty, a las cataratas de Reichenbach. El escritor dio el asunto por zanjado. Sus lectores, por desgracia para él, tenían otros planes. Ilustración original de Sidney Paget para El problema final (1893).

El autor creyó que había solucionado su problema. Los lectores creyeron que se trataba de una injusticia intolerable.

Y Sherlock Holmes, que hasta aquel momento se había limitado a investigar delitos, consiguió provocar un conflicto laboral con su propio creador.

Conan Doyle siguió escribiendo. En 1901 comenzó a publicarse El sabueso de los Baskerville, una novela ambientada antes de la desaparición del detective. Y en 1903 apareció La casa vacía.

Quien haya leído las aventuras por orden de publicación entenderá perfectamente la importancia de ese relato. Quien haya empezado por él se habrá privado, sin saberlo, de una de las grandes sorpresas de la literatura detectivesca.

Esta es, quizá, la mejor razón para respetar el orden original: no solo seguimos las investigaciones de Holmes, sino también la accidentada relación entre el detective, su autor y un público que se negaba a aceptar una baja definitiva.

Un orden razonable, que ya es bastante pedir

¿Significa todo esto que está prohibido leer las aventuras desordenadas? Por supuesto que no.

Se puede empezar por El sabueso de los Baskerville, escoger un relato al azar o adquirir las obras completas y leerlas según vengan encuadernadas. Nadie va a detener al lector por ello, aunque en algunas comunidades de aficionados podría ser sometido a un interrogatorio de considerable duración.

Pero quien desee recorrer todo el universo de Sherlock Holmes encontrará en el orden de primera publicación una solución sencilla y bastante lógica. Permite conocer a los personajes desde sus comienzos, descubrir cómo evolucionaron las historias, comprender las interrupciones y regresos de la serie y seguir el camino que recorrieron los lectores originales.

Además, tiene una ventaja poco frecuente en cuestiones literarias: no exige que el lector posea conocimientos previos sobre lo que todavía no ha leído.

Hace años elaboramos una guía con los sesenta títulos del canon holmesiano siguiendo este criterio. La hemos recuperado para Serendipia, porque consideramos que una agencia de detectives debería contribuir, dentro de sus posibilidades, a resolver al menos algún misterio que no termine en los tribunales.

La encontrarás a continuación, organizada para que puedas consultarla, guardarla o compartirla.

Hay que advertir que los títulos en español pueden variar según la traducción, una circunstancia que los editores han tenido la amabilidad de añadir a las dificultades existentes.

Por lo demás, solo queda empezar a leer.

Y si después de sesenta historias todavía no consigues recordar qué pasó primero, no te preocupes. Watson tampoco lo tenía del todo claro y consiguió publicar las suyas.


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