Un manifestante con chaleco amarillo ondea la bandera francesa frente a una barricada en llamas durante los enfrentamientos registrados en París el 17 de octubre de 2026. (Fotografía: Abdul Saboor | Reuters).
«Solo una crisis, real o percibida, produce cambios verdaderos. Cuando llega, las medidas adoptadas dependen de las ideas que haya disponibles».
Milton Friedman, Capitalismo y libertad, prólogo a la edición de 1982.
En Europa, los gobiernos pueden pasarse meses negociando una declaración conjunta. Los ciudadanos están demostrando que, para ponerse de acuerdo en que algo no funciona, necesitan bastante menos tiempo.
Francia protesta. España acampa. Italia levanta barricadas. Portugal planta tiendas de campaña. Bélgica se moviliza y Albania exige la dimisión de su Gobierno. Cada país tiene sus motivos, sus políticos y sus problemas. Lo interesante es que algunos manifestantes ya empiezan a mirar al vecino para decidir qué hacer con los suyos.
Se habla de efecto contagio. ¿Lo hay? Sí, existen pruebas de que determinadas protestas están inspirando otras. No hay, por el momento, evidencias suficientes para hablar de un movimiento europeo unificado. La diferencia importa. Una cosa es compartir el enfado. Otra, organizarlo. Y otra bastante distinta, conseguir algo con él.
Pero sería un error despachar lo que ocurre como una simple coincidencia de manifestaciones. La historia europea contiene suficientes episodios de esta naturaleza como para prestar atención antes de que las circunstancias obliguen a hacerlo.
Seis países, distintas causas y un malestar reconocible
En Francia, el conflicto comenzó el 17 de septiembre, cuando estudiantes de Créteil protestaron junto a sus profesores por la falta de recursos educativos. Las imágenes circularon por las redes y las movilizaciones se extendieron a otros centros.
Lo que empezó reclamando aulas en condiciones ha terminado incorporando a sindicatos, trabajadores y antiguos chalecos amarillos. El 17 de octubre, cientos de miles de personas participaron en manifestaciones contra el coste de la vida y el deterioro de los servicios públicos. La jornada terminó con graves disturbios, incendios y numerosas detenciones.
Según Reuters, la mayoría de las movilizaciones fueron pacíficas, aunque grupos violentos protagonizaron graves ataques.
En España, el detonante fue otro. El 23 de septiembre, Maricarmen Abascal, de 87 años, fue desahuciada de la vivienda donde había pasado 71 años. Tres días después comenzó una acampada por el derecho a la vivienda en la Puerta del Sol. Maricarmen falleció el 7 de octubre y su caso se convirtió en un símbolo de la crisis habitacional. La protesta tampoco permaneció encerrada en su reivindicación inicial. El 11 de noviembre está convocada una huelga general que vincula vivienda, salarios y poder adquisitivo, respaldada por los principales sindicatos.
Mientras tanto, los docentes madrileños iniciaron el 14 de octubre una huelga indefinida por las condiciones de la educación pública. Dos días después, su manifestación terminó en Sol, donde coincidieron con la movilización por la vivienda. No significa que ambos movimientos compartan dirección. Significa algo más sencillo: dos conflictos que nacieron por separado han terminado encontrándose en la misma plaza.
Portugal ofrece una evidencia todavía más clara de contagio. En Lisboa, centenares de jóvenes han instalado tiendas en la plaza del Rossio para exigir alquileres asequibles. João Veloso, uno de sus portavoces, reconoció expresamente ante EFE la influencia de las acampadas españolas y de las movilizaciones francesas.
En Italia, estudiantes de Turín advirtieron el 16 de octubre de que, si las condiciones educativas no cambiaban, actuarían como sus compañeros franceses. Dos días después, las imágenes de los enfrentamientos en Milán, Turín y Bolonia ocupaban los informativos europeos. La CGIL ha convocado una huelga general para el 20 de noviembre, coincidiendo con una jornada europea de movilización estudiantil.

Enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas antidisturbios durante las protestas en Milán, Italia. Octubre de 2026. (Fotografía: EFE | Davide Canella).
Bélgica aporta un testimonio especialmente interesante. El 7 de octubre, Reuters entrevistó a estudiantes de Lieja. Una joven explicó que ver a los franceses atreverse a protestar había animado a los belgas. Otra reconoció que su movimiento era anterior, pero que Francia les había dado impulso. Ahí está el mecanismo, explicado por quienes participan en él.
Albania presenta un escenario diferente. Las manifestaciones de Tirana tienen raíces propias, vinculadas a la corrupción, la educación y la oposición a un proyecto inmobiliario y turístico relacionado con Jared Kushner (el yerno de Donald Trump). Han incorporado a numerosos estudiantes y derivado en graves enfrentamientos, incluidos ataques incendiarios contra edificios institucionales. Pero no existe la misma evidencia de inspiración francesa que encontramos en Portugal, Italia o Bélgica.
Conclusión provisional: hay contagio documentado entre algunos movimientos y una convergencia más amplia de conflictos sociales. No son exactamente lo mismo.
El problema europeo no nació en septiembre
Conviene preguntarse por qué estas protestas encuentran terreno favorable. Hay una explicación menos espectacular que los incendios y las barricadas: las cuentas domésticas.
Según Eurofound, la agencia europea para la mejora de las condiciones de vida y de trabajo, desde 2010 los precios de compra de vivienda en la Unión Europea han aumentado más de un 55 %, mientras los alquileres han subido alrededor de un 27 %. En algunas regiones, alquilar una primera vivienda puede exigir entre el 60 % y el 70 % de los ingresos de una persona joven, o incluso más. El problema ya no es únicamente encontrar empleo. Es que trabajar puede no ser suficiente para acceder a una vida independiente.
Y aquí aparece una contradicción política importante. Durante décadas, buena parte del contrato social europeo descansó sobre una promesa bastante comprensible: estudiar, trabajar y progresar permitiría mejorar las condiciones de vida. No era una garantía universal. Tampoco funcionaba igual para todos. Pero ofrecía un horizonte.
Cuando una generación empieza a percibir que cumplir ese itinerario no garantiza una vivienda, que los servicios públicos pierden calidad y que su capacidad económica no acompaña al crecimiento de los precios, la promesa empieza a perder credibilidad.
Los gobiernos pueden presentar indicadores macroeconómicos favorables y tener razones para hacerlo. El ciudadano, por su parte, realiza una operación menos sofisticada: resta los gastos de sus ingresos. Ambas cuentas pueden ser correctas. El problema llega cuando cuentan historias incompatibles.
La protesta no demuestra por sí sola que las instituciones hayan fracasado. Pero sí advierte de que una parte de la sociedad considera insuficientes sus respuestas. Y eso, desde la inteligencia estratégica, importa bastante más que una mala tarde en los sondeos.
¿Y si alguien estuviera aprovechando el incendio?
Hay otra posibilidad que la inteligencia no puede ignorar: que parte de este descontento esté siendo instrumentalizado para provocar una crisis política.
Las revoluciones de colores de Serbia (2000), Georgia (2003) y Ucrania (2004) demostraron que las movilizaciones ciudadanas podían desembocar en cambios de gobierno. En algunos casos hubo apoyo exterior documentado. Eso no convierte cualquier protesta en una operación extranjera, pero tampoco aconseja descartar la posibilidad por resultar incómoda.
¿Encontramos señales similares en Europa? De trece indicadores exploratorios, seis están presentes: malestar acumulado, detonantes emocionales, protagonismo juvenil, incorporación de nuevos sectores, imitación internacional y repetición de tácticas. Un séptimo aparece parcialmente en Albania, donde se exige la dimisión del Gobierno. Los otros seis, relacionados con coordinación política, financiación exterior, campañas dirigidas y fracturas institucionales, no están acreditados. No es una escala científica de riesgo, sino una comprobación preliminar de señales.

Análisis de 13 indicadores de movilización social y posible revolución de color inducida en Europa. Se observan seis condiciones de contagio, una señal parcial en Albania y seis indicadores sin acreditar. La evidencia disponible apunta al contagio social, no a una operación exterior demostrada. (Elaboración: Serendipia | El Observatorio. Octubre de 2026).
La distinción importa. Tenemos indicios de contagio social, no pruebas de una revolución de colores inducida.
Aunque tampoco haría falta organizar las protestas para intentar aprovecharlas. Amplificar el enfrentamiento, manipular narrativas o fomentar la polarización puede ser suficiente para sacar partido de un malestar que ya existía. Por eso, además de preguntarnos por qué protestan los europeos, conviene observar quién intenta capitalizar esas protestas.
Porque una cosa es saber quién encendió la cerilla. Y otra, bastante más interesante, averiguar quién está apareciendo con bidones de gasolina.
Cuando las barbas de tu vecino veas cortar…
Europa ya ha vivido otras oleadas de movilización transnacional. No fueron idénticas, no terminaron igual y ninguna autoriza a profetizar revoluciones por el simple hecho de que haya manifestantes en varias capitales. Pero permiten identificar patrones.
1848: la primera gran reacción en cadena europea
En febrero de 1848 estalló una revolución en París (La Primavera de los Pueblos). En pocas semanas, la agitación alcanzó territorios alemanes y del Imperio de los Habsburgo, mientras reforzaba los movimientos revolucionarios que ya habían comenzado en Italia. Había crisis económicas, reivindicaciones sociales, demandas constitucionales y aspiraciones nacionales. Cada territorio mantenía sus conflictos, pero las noticias de lo ocurrido en otros lugares alteraron las expectativas de quienes querían cambiar el suyo.
La semejanza con el presente no está en la magnitud del conflicto ni en sus objetivos políticos. Está en el mecanismo: una protesta visible puede hacer que una población descontenta reevalúe lo que considera posible. La oleada terminó con numerosos movimientos derrotados, aunque dejó transformaciones políticas y sociales de largo alcance.
Primera lección: la extensión de una protesta no garantiza su éxito.
1968: cuando los estudiantes dejaron de protestar solos
En mayo de 1968, un conflicto universitario francés terminó convirtiéndose en una crisis nacional cuando millones de trabajadores participaron en huelgas (El Mayo Francés). Ese mismo año hubo importantes movilizaciones en otros países, pero por razones diferentes. La Primavera de Praga, las protestas contra la guerra de Vietnam y las revueltas estudiantiles no respondían a un programa mundial común.
Lo que compartían era un contexto de cuestionamiento de las autoridades y las instituciones existentes.
La enseñanza más útil es que la capacidad de una protesta para cambiar de escala depende mucho de quién se incorpora después. Mil estudiantes pueden interrumpir una universidad. Cuando se suman trabajadores, sindicatos y amplios sectores sociales, cambia la capacidad de presión. Eso no determina el resultado. Pero sí obliga a los gobiernos a enfrentarse a un conflicto diferente del que creían estar gestionando.
2011: de Túnez a Sol y de Sol a Wall Street
Este precedente resulta especialmente relevante porque conocemos bien cómo se produjo parte de la difusión. La Primavera Árabe inspiró a los indignados españoles, y las acampadas del 15M sirvieron después de referencia a Occupy Wall Street (El Movimiento de los Indignados). El investigador Eduardo Romanos lo estudió en un artículo publicado en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas.
Su conclusión permite distinguir dos mecanismos. Una idea puede viajar por los medios y las redes sociales. Aprender a organizar una acampada, mantenerla y tomar decisiones colectivas exige conocimientos más concretos y contactos entre participantes. Dicho de otra manera: un vídeo puede convencer a alguien de que merece la pena protestar. Organizar una protesta duradera requiere bastante más que compartirlo.
Segunda lección: una movilización puede inspirar a otra sin que exista una organización central dirigiéndolas.
Tercera lección: las protestas pueden producir cambios políticos profundos, resultados limitados o incluso desenlaces contrarios a las expectativas de quienes las iniciaron.
La historia ofrece precedentes, no garantías.
Lo verdaderamente preocupante no es que haya seis países protestando
El número de países importa menos que la evolución de los movimientos. Una concentración contra los alquileres puede seguir siendo un conflicto sectorial durante meses. También puede ganar apoyo de otros colectivos y convertirse en una movilización sostenida contra la política económica de un Gobierno.
El punto decisivo aparece cuando personas con problemas diferentes empiezan a interpretar que sus problemas tienen causas relacionadas.

Un artefacto explota durante una manifestación antigubernamental frente al Ministerio de Educación en Tirana, Albania, el 17 de octubre de 2026. (Fotografía: Associated Press | LaPresse).
El estudiante denuncia la falta de profesores. Su madre protesta porque pierde poder adquisitivo. Su hermano trabaja y no puede alquilar un piso. Sus abuelos temen perder servicios públicos. No necesitan compartir ideología, votar lo mismo ni coincidir en todas sus demandas. Les basta con llegar a la conclusión de que están perdiendo capacidad para decidir sobre su propia vida.
Eso puede facilitar alianzas, pero también generar tensiones. Los objetivos de un sindicato, un movimiento estudiantil y una organización de inquilinos no siempre son compatibles. Cuanto más amplia es una protesta, más difícil puede resultar acordar qué solución aceptar.
Ahí reside una de sus principales fortalezas y una de sus mayores debilidades.
Qué nos dice la inteligencia sobre lo que puede ocurrir después
Ningún análisis serio puede calcular la probabilidad de una nueva oleada europea únicamente contando manifestaciones y examinando titulares. Lo que sí podemos hacer es identificar señales que permitan distinguir tres escenarios.
El primero es el desgaste. Las movilizaciones pierden participantes, las reivindicaciones se fragmentan y los conflictos vuelven a sus ámbitos originales. Las concesiones institucionales, las diferencias internas y el cansancio pueden contribuir a ello.
El segundo es la prolongación nacional. Las protestas conservan fuerza, se multiplican las huelgas y aumenta la presión sobre gobiernos y administraciones. No hace falta coordinación europea para que varios países atraviesen situaciones de tensión simultáneas.
El tercero es la convergencia transnacional sostenida. Organizaciones de distintos países empiezan a compartir convocatorias, estrategias y objetivos, más allá de las muestras espontáneas de solidaridad.
Este último escenario supondría un salto cualitativo. Y es el que todavía no puede darse por acreditado.
Para distinguirlos, hay cuatro indicadores especialmente útiles:
- Ampliación social: si estudiantes, trabajadores, sindicatos y movimientos por la vivienda mantienen alianzas más allá de una manifestación puntual.
- Coordinación internacional: si aparecen convocatorias, contactos organizativos y acciones comunes verificables entre países.
- Persistencia: si las movilizaciones sobreviven a las primeras semanas, a los cambios de formato y a las dificultades logísticas.
- Respuesta institucional: si las negociaciones producen resultados, si se reduce la tensión o si nuevas decisiones alimentan el conflicto.
También hay que vigilar la violencia, pero interpretarla correctamente. Los episodios violentos pueden provocar una escalada de seguridad, alterar la opinión pública y dividir a los manifestantes. No son, por sí mismos, indicadores de que una movilización vaya a crecer ni de que cuente con un respaldo social mayoritario.
Confundir intensidad con apoyo sería un error. Y confundir el restablecimiento del orden público con la resolución del malestar que originó las protestas sería otro.
Las próximas semanas importan
Hay dos fechas especialmente relevantes.
El 11 de noviembre, España afronta una huelga general por la vivienda y los salarios, en un contexto político marcado por las elecciones del 29 de noviembre.
El 20 de noviembre, la CGIL italiana ha anunciado otra huelga general, coincidiendo con la movilización europea de estudiantes.
Ambas fechas permitirán observar si el descontento mantiene capacidad de convocatoria, si se incorporan nuevos sectores y si las referencias internacionales se traducen en relaciones organizativas estables. También permitirán comprobar algo menos visible: si los gobiernos consiguen responder a las causas del malestar o se limitan a gestionar sus manifestaciones.
Porque una sociedad puede volver a la normalidad en términos de tráfico, comercio y actividad administrativa sin que haya desaparecido el problema que la llevó a protestar. Y esa normalidad, aunque resulte tranquilizadora en televisión, puede ser engañosa.
El verdadero riesgo europeo
Europa no está viviendo una revolución común. Al menos, no con las evidencias disponibles el 18 de octubre de 2026. Está viviendo varios conflictos sociales que comparten causas estructurales y empiezan a intercambiar referentes y formas de movilización. Eso ya merece atención.
El riesgo no consiste necesariamente en que las protestas desemboquen en una crisis institucional. También existe el riesgo contrario: que las movilizaciones se agoten sin resolver sus causas y dejen tras de sí más frustración, desconfianza y polarización.
La historia demuestra que las oleadas de protesta no conducen inevitablemente a más democracia, a más estabilidad o a reformas satisfactorias. Sus resultados dependen de las instituciones, las decisiones políticas, las organizaciones sociales y las circunstancias de cada país.
La inteligencia no consiste en anunciar que Europa va a estallar. Consiste en reconocer qué condiciones podrían provocar una escalada, cuáles pueden contenerla y qué señales permiten distinguir un escenario del otro.
Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, conviene prestar atención. Pero no tanto a las tijeras. Lo verdaderamente importante es averiguar por qué, de pronto, todo el vecindario ha empezado a temer por las suyas.

